El Niño Ardilla.

Cuando la ardilla os regaló su bellota ¿Qué le hicisteis a vuestros hermanos?

Fin del primer acto II

Comencé a saludarlo. Le daba la mano bien fuerte cada vez que llegaba a la sala, incluso creo haberle hecho un gesto de saludo un día cualquiera en el patio de humanidades. Hubo muchas otras historias tristes que contó y también muchas sesiones de relajación, como por ejemplo yoga, relajación con música, imaginerías, etc. Pero de todo eso, lo importante es que él también se quedó dormido en las sesiones, según nos dijo, como todo el resto que incluso llegamos a roncar un par de veces, y, finalmente, que sus historias nos sensibilizaron al punto de concebir dichas clases como una verdadera terapia a la cual todos habíamos llegado por equivocación, pero que de una u otra forma, necesitábamos.

Llegó el momento del trabajo final. Consistía en, organizados en grupos de tres, llevar a cabo una actividad de relajación para el resto del curso, más una disertación sobre sus fundamentos teóricos. Por algún motivo, llegado el momento de armar los grupos, no quedó duda alguna de que yo debía ser con él. Quizás fue por como le daba la mano, por que los dos usábamos lentes o por que él estaba sentado al lado mío, no lo recuerdo, pero no es que importe realmente. El hecho es que yo era en un grupo con él y nos faltaba un integrante. Al otro lado de la sala sobraba un tal Emilio, un tipo más o menos de mi porte, moreno, con cara cuadrada que siempre se quejaba del stress que significaba llevar una beca sobre sus hombros, usaba un polerón de cuarto medio que lo identificaba como un “matemático”, tenía un polola en algún lugar del mundo y era cómodo con la idea de llevar siempre un bolso deportivo al hombro. También resultó que se reía de la mitad de mis comentarios, de esos que uno hace para tratar que el grupo parezca compartir el mismo sentido del humor. Claramente fuimos con él en el grupo y hasta el día de hoy Emilio está en mis contactos del chat de Gmail. Solo le mandé un mail y quedó ahí para siempre. Ahora cuando reviso mi mail puedo ver que se conecta a ese chat, lo cual no deja de ser un dato relevante, primero por tratarse de ese chat en especial y segundo, por que bueno, sigue existiendo.

La primera vez que hablamos sobre el trabajo fue ese mismo día, en un rincón de la sala, sentados en el piso. Quedamos en que íbamos a averiguar sobre técnicas de relajación entretenidas y que no íbamos a comunicar por mail, dado a que quedaba poco tiempo y teníamos horarios muy distintos entre los tres. Al día siguiente le pregunté a mi mamá sobre técnicas de relajación y me contó de una que ella hacía en un grupo, con algún tipo de orientación esotérica, del que había sido parte. Se trataba de una relajación a través del reconocimiento y la activación de los siete shakras. Mis compañeros no mostraron ningún tipo de iniciativa, así que yo inicié los mails de manera muy formal, contándoles acerca de la relajación. Quedaba claro, creo, que el que debía llevar la relajación en si era yo, por haberla redactado y escuchado de primera fuente, el tema ahora era ver que iban a hacer ellos durante la sesión y como la íbamos a ambientar.

Fin del primer acto I

Ya después de un año, mi memoria ha seleccionado un par de recuerdos que, al parecer, se le antojan como los más importantes transcurridos durante esas clases de relajación. También, por algún motivo, creo que he perdido, hasta cierto punto, la linealidad  los hechos, razón por la cual voy a partir con un par de datos desordenados que sin lugar a dudas ocurrieron antes del final. Solo me falta aclarar que no tengo afanes por reírme de ninguna situación, pese a lo que muchas personas que constantemente buscan la malicia en mi, puedan pensar.  El afán aquí es solo construir, y lo absurdo que puedan llegar a sonar algunos hechos se lo dedico al también absurdo hecho de pretender que nunca nadie notó la nerviosa, y un poco estúpida, risa que tuvimos cuando, borrachos en una plaza, escuchamos a un oscuro ser que leía:

-       “Qué haré yo, cristiano, con aquel que lacere mi carne? En mi carne sabré quién no es bueno, y que a él le caerá la espada.”

Le hacían bullying en el colegio, lo dijo, y con todas sus letras. Explicó que le tiraban papeles, lo insultaban, le quitaban sus lentes y le pegaban. A veces llegaba el día en que sus compañeros decidían hacerle “La Encerrona”, que consistía en que le quitaban sus lentes, le amarraban su corbata a los barrotes de fuera de la ventana, lo cubrían con la cortina, le pegaban un par de patadas y lo dejaban ahí amarrado hasta que alguien notaba su situación y lo saltaba. No solo sus compañeros lo molestaban, sino que también sus profesores. Contó que una vez los llevaron de paseo al centro, para mostrarles alguna misteriosa gracia de Santiago, y que sus profesores pusieron de acuerdo al grupo para dejarlo solo y ver que hacía abandonado en mitad de la muchedumbre. También a veces, el peor de sus profesores, repartía el almuerzo que le mandaba su mamá entre todos sus compañeros. Claramente no eran sus profesores los que lo soltaban luego de la encerrona.

Nos contó estas cosas, un día cualquiera, ante la pregunta de cómo habíamos sido en el colegio en cuanto al estrés. Nos dejó a todos atónitos y sin ningún deseo de que siguiera hablando, definitivamente no estábamos preparados para tal confesión. Él, al parecer, si estaba preparado, y mientras lo contaba nunca abandonó su sonrisa ni cambió su tono de voz. Eso fue lo más aterrador.

Tenía Asperger, nos dijo otra vez. Era por eso que lo peor que podían hacerle en el colegio era que el curso entero le gritara “Aweonao, el mercurio miente, el mercurio mienteelmercuriomienteelmercuriomiente”. Lo obsesionaban los diarios y por sobretodo el mercurio, se lo sabía de memoria todos los días. Nunca me quedó claro si los diarios seguían siendo su obsesión, pero como yo en esos tiempos trataba de mantener una imagen respetuosa y alejada de lo terrenal no podía preguntarlo.

En cuanto al stress actual, comentó que ante las pruebas solía sentir que él, y solo él, era la persona más tonta de todo historia. Agregó que en ocasiones, no poco frecuentes, también solía pensar que era la persona más tonta del mundo, que no había nadie, absolutamente nadie, que fuera más tonto que él. Lo dijo con esas palabras y dijo que ese sentimiento lo dejaba responder muy pocas pruebas. Para mi, cada historia era peor que la anterior, solo eso sé, así que dejo la libertad de ordenar los hechos de mal en peor según gusto propio.

Cada vez que él pedía la palabra para mi era como estar entrando a un lugar macabro. Un lugar lleno de recuerdos manchados que crecían como arbustos desde un pasto negro y que, pese a lo sombrío del panorama, sobre cada árbol se percibía la sensación de una sonrisa y el cielo era aun de tonos entre verdes y celestes. El cielo también tenía nubes, blancas, y eso me hacía levantar la mirada para poder ver que todas mis compañeras también estaban sumidas en la más profunda desesperación. Hasta el día de hoy admiro a mi profesora, que fue capaz cada vez de, primero, escucharlo con una cara acogedoramente sonriente y, segundo, lograr siempre un comentario que nos dejaba a todos tranquilos, con la impresión de que realmente ahora todo era mejor y podía mejorar.

Penúltima parte del primer acto.

Uno lo veía a veces cuando iba a humanidades. No es que fuera tan raro, pero para mi verlo y contárselo a la Canela era como obtener el premio máximo en un juego. Me daba la impresión de que muchos jugábamos a ese juego, pero hasta el día de hoy sigo teniendo mis dudas sobre la veracidad de esa impresión. Quiero dejar en claro que, cuando lo veíamos juntos, nos mirábamos con un poquito de euforia, o incluso podíamos llegar a apretarnos un poco los brazos, de modo que al menos podíamos llegar a ser dos los que estábamos jugando.

Para el segundo semestre del dos mil diez yo necesitaba aprobar el mínimo posible de créditos para poder cambiarme de college. Para tal misión un curso de cinco créditos era algo que definitivamente te llevaba a la victoria, y bajo esa categoría  habían dos ramos,  “Manejo de la Ansiedad y el Stress” o un deportivo (omito, sin ningún tipo de escrúpulo,  a “Taller de Hábitos y Estrategias de Estudio”). Pese a que un par de días pensé en tomar Ping Pong, cualquier persona que me conozca y esté en su sano juicio entenderá que la idea de verme llegar a la universidad con un bolso deportivo, dispuesto a trotar por las canchas para calentar, es una aberración. De modo que el curso de relajación se perfilaba como la mejor opción, y además, mi fiel compañero de aquel entonces, Paulo, lo había hecho y se mostraba bastante emocionado y expresivo cuando lo decía. Paulo, Paulo.

Así que lo tomé, sin estar al tanto, en esos momentos de mi vida, de que el pulso de las ardillas es alrededor de 6 veces el de los humanos. Quizás debería haberlo estado o lo estaba, pero eso no hay como saberlo. El hecho es que, ante ese dato, es inmediato pensar que un animalito así no dudaría en tomar un curso de relajación si tuviera la posibilidad de hacerlo. Y así fue,  llegué el primer día del curso y él ya estaba ahí sentado con su, solamente probable, sonrisa. No se si me costó tanto creerlo, pero nunca habría podido llegar creer, en ese momento, todo lo que llegaría a saber de él. Lo primero que supe, y que ya es menester decir, es que se llamaba Rodrigo, que ahora estudiaba historia y que, según él, era una persona muy preocupada y ansiosa.

Invierno.

Las ardillas, sólo en países muy fríos, hibernan. Entran en sus nidos, que siempre tienen dos entradas y una cúpula de ramas por que son muy precavidas en cuanto a sistemas de evacuación y protección ante la lluvia, para dormir durante el invierno y alimentarse de lo que les quedó adentro de todas las semillas, frutos y brotes que se zamparon durante los meses bonitos. Chile tiene que ser un país muy frío, de todas maneras, por que el hecho es que luego de nuestra interacción forzada lo vimos progresivamente menos seguido hasta llegar el invierno. Junto con el invierno vinieron las vacaciones y todos nos fuimos a pasar el frío a algún lugar.

Pero no debe haber sido un invierno muy amigable, por que cuando volvimos a clases el segundo semestre del dos mil nueve, college ya no contaba con su presencia. No es que hayamos llegado y lo hayamos extrañado inmediatamente o que alguien nos hubiera comentado su ausencia. Nos tomó tiempo el darnos cuenta. Yo diría incluso que fue a mitad de ese semestre que un día nos preguntamos por él y nos dimos cuenta de que, hacía ya mucho tiempo, él no estaba. Y no solo no estaba él, faltaban  también un par de personajes por el estilo, como un niña que tenía un lápiz que terminaba en un peluche de perro, al que le gustaba mover con entusiasmo cuando hacía preguntas en clases. Ella también era extraña y provocaba nuestra diversión, y ella también desapareció.

Su falta, por algún motivo, me dio pena. Es raro, no acostumbro a tener pena. Pero el hecho de que él no estuviera más ahí solo podía deberse a terribles circunstancias. Quizás sus reservas de combustible no habían sido las suficientes para el invierno. Es que el sueño de las ardillas nunca es tan profundo. Ante el peligro o simplemente por hambre, despiertan y buscan comida y un mejor lugar. Pero al parecer, él lo encontró. Por que un día en el patio de humanidades, en que ya brillaba muy fuerte el sol, anunciando el verano que se vendría, lo vimos. Iba caminando por un pasillo, muy decidido, con su parca grande e inflada, su mochila bien puesta y con sus tirantes firmemente agarrados por sus manitos. Iba con una leve sonrisa, la de siempre. Quizás no sea realmente una sonrisa.

Y eso fue, pasó. Seguía vivo y algo estaba haciendo aun en la universidad. Fue un alivio. Un alivio y una fuente enorme de intrigas ¿Qué hacía? ¿Qué le había pasado? ¿Qué edad tenía? ¿Dónde vivía? ¿A dónde se dirigía? ¿No tenía calor con esa parca? ¿De qué se alimentaba? ¿Había dormido bien durante todo el invierno, o había habido algún peligro que lo hizo despertar?

Primera interacción.

Ahí estaba, entre los dos. No sabíamos como comportarnos, uno no está acostumbrado a ese tipo de visitas. Al principio hablábamos por delante de él, después ya simplemente dejamos de hablar, atónitos

Tomaba apuntes con un lápiz grafito de punta mal sacada y probablemente HB o B, lo que uno se esperaría de una persona con sus características. Su cuaderno era de tapa blanda, cuadro grande y hojas ligeramente amarillentas. Sus manos eran toscas y pequeñas. Me dio la sensación de que nunca tomaba apuntes. Sus dientecillos de ardilla nunca dejaban de asomarse y sus pómulos parecían estar a punto de despegar en cualquier momento.

Repentinamente, hubo un de esos momentos en la vida en que todo aquello que está por pasar se concentra en un pequeño instante, de una forma parecida a un potencial de acción. Son momentos ineludibles que dejan en claro como se darán las cosas de ahí en adelante. La ardilla es una especie arborícola, que baja al suelo únicamente para buscar alimento, trasladarse de un árbol a otro más distante o beber, y de la misma forma, ese día, él bajó desde su mundo para hacerme una pregunta.

-       Señor ¿Puedo ver que escribió ahí?

-       Claro, mira nomás. Puros senos y cosenos.

Creo que vale la pena, al menos, preguntarse las razones que tenía para tratarme de usted, pero en el momento el sólo hecho de interactuar con él era ya en exceso interesante. Noté por primera vez que era imposible mirarse a los ojos con aquel hombrecillo. Sus cristales y su sonrisa ocultaban totalmente sus ojos. De todas formas, no quedaban dudas de a quien se estaba dirigiendo. Luego de que copió lo que estimó conveniente volvió a su actitud normal. Con la Canela nos miramos a través de él. Y cuando ya nada podía mejorar la situación, volvió a dirigirse a mi. Esta vez, como ya había confianza de sobra, fue para hacerme una broma. Ahora, por más que trato, no logro recordar que fue exactamente lo que me dijo, pero si fue una típica broma que nace en la clase de trigonometría cuando aparece un sen(theta) o algo por el estilo. Me reí por cortesía, no es que me molestara su interrupción, pero realmente no sabía como comportarme.

Pronto acabó la clase. Con la Canela agarramos nuestras cosas y nos despedimos con una sonrisa y una mano diciendo chao a nuestro atrevido visitante. Nos pasamos todo el día comentando el suceso. Teníamos miedo por que volviera a ocurrir, pero al mismo tiempo una leve sed de nuevas historias por contar.

Primeros encuentros.

A principios del dos mil nueve, con la Canela nos sentábamos ortodoxamente todas las clases de introducción al cálculo en los dos primeros puestos contiguos en una mesa para tres al lado de la puerta de la sala. Nos reíamos de, por ejemplo, que yo pusiera de título “La Hipérbole”. No recuerdo muy bien cuando fue que lo descubrimos, pero sin duda fue por su inconfundible sonrisa inversamente papiche, sus anteojos con aumento descomunal, su mochila tan bien puesta, sus chalequitos, su pelo tan peinado y su carita redonda siempre tan sonriente. Era lo que algunos podrían llamar un “ners”, pero mejor y peor al mismo tiempo. Tampoco me acuerdo muy bien que cosas preguntaba en clases, por que lo hacía, pero definitivamente eran esa clase de preguntas en que por un segundo todos fruncen el ceño y el profesor decide no entenderla, luego rápidamente todos, incluso quien las pregunta, continúan como si nada hubiese pasado. Solíamos imitarlo y reírnos un poco de él, creo que es importante agregar que cuando se ponía su parca indestructible también parecía una tortuga y su voz era cortadamente gangosa. Avanzó el semestre y nos fuimos dando cuenta de que para él, en esa sala, había algo igualmente importante que la raíz enésima de la unidad o que las coordenadas polares. Nosotros.

Nos miraba durante toda la clase. También ponía atención, pero en cuanto existía la oportunidad, su cabeza giraba orgullosamente en noventa grados de frente hacía nosotros. Se sentaba justo en el puesto siguiente al nuestro, pero separados por el pasillo. Juntos, pero no revueltos. No éramos los únicos que lo notaban, amigos nuestros nos lo comentaban. Decían que estaba enamorado de nosotros,  pero nos quedaba la duda de a cuál de los dos miraba, por que era imposible definirlo. Al otro lado de esa gran sonrisa y ese tremendo aumento, habían un par de ojitos más cerrados que los míos y los de mi papá justos con un par de cervezas encima.

Era extraño, creo que incluso empezamos a reírnos menos, la sensación de estar permanentemente observados no es gratuita, y menos si es por alguien así. Un día, entramos a la sala y como de costumbre, tiramos nuestras mochilas sobre la mesa, sabiendo que después de cuatro meses sentándonos ahí esos tres puestos nos pertenecían, y salimos a esperar a que llegara nuestra oscura profesora. La china, que no había día en que no se vistiera de negro, salvo una vez en invierno en que llegó con una bufanda morada. Pero ella no es lo importante, sino su bufanda morada, que fue una de esas señales que nos muestran que nada es para siempre en esta vida, al igual que ese día, en que la entropía nos jugó una extraña pasada y nuestras mochilas dejaron un puesto vacío entre ellas sin que nos diéramos cuenta. Cuando volvimos, comprendimos que había decidido tomar al toro por las astas, y ahí estaba, sentado entre nuestras mochilas, con su feliz e indescifrable mirada hacia el frente. Era una mirada infantil y triste. En el aire, se podía sentir ese inquietante olor de las cosas que nunca nadie ve venir.

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